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13 de mayo del 2020


El aire suavemente se desliza y atraviesa mi ventana, acariciando mi rostro. En ese momento, me detengo.

   Estaba concentrado, ensimismado en mis pensamientos y bruscamente me detengo por el aire, aire que me marca una pausa, un respiro, un corte. Pausa. Pausa que fue suficiente para darme cuenta que escribía una carta y que me esforzaba mucho en encontrar las palabras adecuadas para poder expresar lo que tenía en mente; trataba de esquivar los errores posibles que pudiese cometer... Y, entonces, llegó la pausa.

   ¿Por qué querer escribir de manera correcta? ¿por qué buscar la forma más objetiva, entendible, buscar la escritura que permita la lectura? – cosa curiosa si nos detenemos en las implicaciones de "La lectura". (Estas fueron algunas preguntas que, como un asperjo de flechas; algunas incrustadas en en la superficie de mi recuerdo, otras se desvanecieron en el intento de llegar a mi conciencia pero dejando rastro.) Luego, mis pensamientos tomaron otra ruta y se enfocaron en este tipo de escritura: cuando escribimos una carta.

    No todas las cartas tienen ese elemento de compartir algo íntimo. Estas cartas que guardan en ellas algo de intimidad tienen un destinatario. Cuando estaba escribiendo mi carta, antes de ser interrumpido, pensaba en aquella persona. Al poner mi pluma en contacto con la hoja de papel y deslizar mi mano, trazando, se desplegaba otro espacio que lo fijaba la letra pero que la voz le daba resonancia. Es otro espacio, por el cual se le dirige a un otro, se suspendía en mi escritura un lugar en donde colocaba mis fantasías, mis deseos, angustias y demás emociones. Asimismo, imaginaba una posible respuesta: dirigía mi mensaje esperando a que fuese respondido...

   Me detuvo el viento, otra vez... Otra vez, me hizo tomar un respiro y dar cuenta que el destinatario no es humano, no tenía un cuerpo pero existía; habitaba en mí.

   ¿Mis miedos y alegrías o mis dolencias estarían suspendidas en el aire? o como semillas se esparcirían, se enraizarían y sus raíces, profundas, envolverían a mi cuerpo ¿morirían? ¿cohabitaríamos? ¿me ceñirían? No lo sé, no sé que vía tomaran las cosas. Sin embargo; tal vez, en una otra pausa logre estar en otro lugar que me permita reordenar las cosas. Pausa efímera, puntual casi como una sorpresa que llega de manera tajante y provoca un giro, un giro a ese tejido del caminante...




 


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